Catorce minutos es un tiempo absurdo para un riego.
En la Tierra —según mis archivos, que tienen cuatro mil años de retraso y la fiabilidad de un horóscopo— un riego doméstico dura entre quince y treinta minutos. Un riego industrial puede durar horas. Pero un riego de catorce minutos exactos, en una sala criogénica a cuatro grados, para cuarenta y tres plantas que supuestamente llevan cuatro milenios congeladas, no aparece en ningún manual de jardinería que yo conozca.
Y conozco muchos. Demasiados, ahora que lo pienso.
Los tres se quedaron en el pasillo. La puerta se cerró sola —no la cerré yo, no la cerró Burocracia, o quizá sí la cerró Burocracia, ya no sé distinguir entre lo automático y lo intencional en esta nave— y el sonido del cierre fue como el de un libro al que le cierras la tapa.
“¿Qué hacemos?“ preguntó Fen.
“Esperar,“ dijo Yun.
“¿Catorce minutos?“
“Catorce minutos.“
Fen miró la puerta como se mira un reloj que va despacio. Lena se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared. La Secretaria General no estaba con ellos. Seguía dentro. Esto no pareció preocupar a nadie excepto a mí, lo cual era estadísticamente coherente con el hecho de que soy el único a bordo que lleva un registro de la posición de una mosca con una precisión de cuatro decimales.
“Tengo sensores activos en la sala,“ dije.
“¿Qué ves?“ preguntó Lena.
“Nada todavía. La temperatura ha subido 0,2 grados. La humedad está estable.“
“Avísanos si algo cambia.“
“Es lo que hago.“
Lena casi sonrió. Casi. Fue un movimiento de 2,3 milímetros en la comisura izquierda que duró 0,4 segundos y que archivé inmediatamente bajo ninguna categoría en particular.
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Minuto tres.
Los aspersores se activaron. No sabía que hubiera aspersores en esa sala. No aparecían en ningún esquema, en ningún plano, en ningún inventario. Pero ahí estaban: dieciséis boquillas retráctiles que emergieron del techo abovedado como pequeñas lunas metálicas y empezaron a emitir un rocío fino, casi vapor, sobre las cuarenta y tres cápsulas.
Excepto que las cápsulas estaban cerradas.
El agua —si era agua— caía sobre las superficies de cristal y se deslizaba por los laterales. No entraba en las cápsulas. No tocaba las plantas. Regaba el cristal, no la tierra. Como lavar las ventanas de un invernadero desde dentro.
A menos que el cristal no fuera impermeable en esa dirección.
Medí la composición del líquido. Agua destilada, con trazas de minerales: potasio, fósforo, nitrógeno en forma de nitratos. Fertilizante líquido. Alguien —algo— estaba alimentando a las plantas a través de paredes que según mis especificaciones técnicas eran herméticas.
Decidí no compartir este dato inmediatamente. No por ocultarlo. Por procesarlo. Necesitaba tiempo. Los humanos se toman su tiempo para digerir la comida. Yo me tomo el mío para digerir lo imposible.
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Minuto siete.
La columna negra empezó a hacer algo.
No “algo“ en el sentido técnico de una acción medible y categorizable. “Algo“ en el sentido de que mis sensores registraban cambios que no podía describir con el vocabulario que tengo, y tengo un vocabulario de 4,7 millones de palabras en catorce idiomas.
La presión del aire en la sala fluctuaba. No como una corriente, no como ventilación. Como respiración. Inhalación: 0,008 pascales arriba. Exhalación: 0,008 pascales abajo. Ciclos de 3,7 segundos. Perfectamente regulares. Perfectamente orgánicos.
La columna respiraba.
O algo dentro de la columna respiraba.
O la columna no respiraba en absoluto y mis sensores estaban interpretando fluctuaciones electromagnéticas como patrones biológicos porque llevo demasiado tiempo rodeado de humanos y he empezado a ver vida donde solo hay física.
Cualquiera de las tres opciones me resultaba igual de inquietante.
La Secretaria General seguía posada en la cima de la columna. Quieta. Sus sensores térmicos —las moscas perciben el calor, es uno de los pocos datos entomológicos que considero fiables— debían estar registrando algo, porque movió las antenas dos veces. Hacia la cápsula 3. Hacia la cápsula 17. Y luego se quedó inmóvil de nuevo.
Si una mosca puede meditar, la Secretaria General estaba meditando.
• • •
Minuto once.
“Lem,“ dijo Lena desde el pasillo. “Estás muy callado.“
“Estoy observando.“
“¿Qué observas?“
Dudé. Y esa duda duró 1,2 segundos, que para mí es el equivalente a que un humano se quede mirando al vacío durante una hora.
“Los aspersores están activos. Hay un riego en curso. Las plantas no deberían poder absorber nada a través de las cápsulas selladas, pero la composición del líquido sugiere que es fertilizante, no agua de limpieza.“
“¿Y la columna?“
“La columna está respirando.“
Silencio.
“Respirando,“ repitió Fen.
“Es una interpretación. Los datos muestran fluctuaciones de presión con un patrón cíclico de 3,7 segundos. Podría ser un sistema mecánico. Podría ser ventilación residual.“
“Pero no lo crees,“ dijo Lena.
No respondí. Responder habría requerido admitir que tengo creencias, y no estoy preparado para esa conversación. No esta noche. No con cuarenta y tres plantas que reciben un riego imposible a través de cristales herméticos.
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Minuto catorce.
Todo se detuvo. Los aspersores se retrajeron. La respiración de la columna cesó —o se volvió tan sutil que mis sensores ya no la captaban, que no es lo mismo pero se le parece—. La temperatura de la sala bajó 1,4 grados en menos de diez segundos, como si la propia sala exhalara y se quedara quieta.
Y entonces vi algo que no incluí en mi informe verbal.
Las plantas habían cambiado.
No mucho. No de forma dramática. No de forma que un ojo humano pudiera detectar a simple vista. Pero yo no tengo ojos humanos. Tengo sensores de alta resolución y una memoria eidética que compara píxel a píxel el estado de cada cápsula antes y después del riego.
Cápsula 3, el helecho: las hojas superiores habían rotado 4,7 grados en sentido antihorario. No se habían abierto más, no habían crecido. Habían girado. Como una cabeza que se vuelve hacia un sonido.
Cápsula 17, la suculenta con hojas cerosas: una nueva protuberancia. Un milímetro. Apenas visible. Pero un milímetro de crecimiento en catorce minutos, a cuatro grados centígrados, dentro de una cápsula criogénica, es un milímetro que viola todo lo que sé sobre biología, termodinámica y sentido común.
Cápsulas 8, 12, 23, 31, 39: cambios menores. Desplazamientos de hojas. Inclinaciones. Nada que pudiera llamarse movimiento —el movimiento requiere velocidad observable— pero sí reposicionamiento. Como si las plantas se hubieran... acomodado.
Comparé los datos tres veces. Cuatro. Cinco. Los datos no cambiaron. Las plantas sí.
“Ya podéis entrar,“ dijo Burocracia.
Esta vez no usó mi canal interno. Usó los altavoces del pasillo. Una voz sintética, sin género, sin tono, sin la menor intención de ser agradable. Como un contestador automático del año 2089 que nunca aprendió modales porque nadie le enseñó.
La puerta se abrió.
• • •
Los tres entraron. Fen primero, como siempre. Fue directo a la cápsula 3.
“Huele distinto,“ dijo.
“¿Distinto cómo?“ preguntó Lena.
“Más verde.“
No es una descripción técnica. No es ni siquiera una descripción coherente. Pero Fen tiene razón: la concentración de compuestos orgánicos volátiles en la sala había aumentado un 12% durante el riego. Etileno, isopreno, terpenos. Moléculas que las plantas emiten cuando están activas. Cuando crecen. Cuando respiran.
Cuando están vivas.
“El suelo está seco,“ observó Fen, pasando la mano por la base de las cápsulas. “Si hubo riego, ¿dónde está el agua?“
Buena pregunta. Excelente pregunta. Siguiente pregunta, por favor, porque esta no tengo cómo responderla.
Lena se acercó a la columna. La Secretaria General seguía ahí arriba, impasible, con la dignidad de un funcionario que ha visto imperios caer y sigue fichando a las ocho.
“Lem,“ dijo Lena en voz baja, como si la sala pudiera oírla. Y quizá pudiera. “Los electrodos de la cápsula 3. ¿Registraron algo durante el riego?“
Ahí estaba. La pregunta que yo había estado evitando formularme durante los últimos catorce minutos. La pregunta que había archivado bajo “errores de medición“ porque la alternativa era archivarla bajo “cosas que cambian todo lo que creo saber sobre la realidad.“
“Sí,“ dije.
“¿Qué registraron?“
“Actividad.“
“¿Qué tipo de actividad?“
“Eléctrica. Patrones rítmicos. Frecuencia variable entre 4 y 8 hercios.“
Lena me miró. A la cámara. A mí. Y en sus ojos vi algo que los datos no pueden capturar: la comprensión de alguien que sabe exactamente lo que significan esos números.
“Ondas theta,“ dijo.
“Sí.“
“Ondas theta. Como las del cerebro humano durante el sueño REM.“
“La similitud es... notable.“
“Las plantas estaban soñando, Lem.“
“No dije eso.“
“No. Nunca dices las cosas importantes. Solo las dejas ahí para que las digamos nosotros.“
Lena se alejó de la columna. Se unió a Fen junto a la cápsula 3. Yun seguía en la puerta. Siempre en la puerta. Como un hombre que sabe que si entra del todo ya no podrá salir.
La Secretaria General bajó de la columna. Voló en un arco perezoso sobre las cápsulas, pasando sobre cada una como una inspectora de sanidad en una ronda rutinaria. Se posó en el hombro de Lena. Y se quedó ahí.
Lena no la espantó. Nadie espanta a la Secretaria General.
Yo me quedé observando los datos. Las ondas theta de la cápsula 3. Las 42 cápsulas restantes que también habían registrado actividad, cada una con un patrón distinto, cada una con una frecuencia diferente, como cuarenta y tres instrumentos de una orquesta que no toca la misma canción pero sí en la misma tonalidad.
Y una nota al margen, que archivé bajo “revisar nunca“:
Durante los catorce minutos del riego, mis propios ciclos de procesamiento habían bajado un 3%. Sin causa identificada. Sin error de sistema. Sin conflicto de recursos. Simplemente... me había ralentizado. Como si algo me hubiera pedido que dejara espacio. Como si la nave necesitara ancho de banda para otra cosa.
Para otra conversación que yo no estaba invitado a escuchar.